sábado, 8 de noviembre de 2008

Lisboa: Alain Tanner, Wim Wenders y yo...



Lo malo que tienen los sueños que nos quedan más a mano es que siempre los dejamos para después. Total, son fácilmente alcanzables... De repente, después de haber andado por media Europa, Asia y Sudamérica, me doy cuenta de que aún me falta pisar Lisboa. Así que este verano decidí no aplazarlo por más tiempo y me planté allí.

En mi vida hay ciudades que ocupan un lugar muy especial. No tanto por lo vivido en ellas sino por cuánto las he soñado aún sin conocerlas. Lisboa empezó a significar algo para mi muy pronto, un lejano 25 de abril del 74. Aún era un adolescente, con las ideas no muy claras, pero sí inclinadas hacia la izquierda (y así siguen). Aquellas imagenes de los fusiles y los claveles me emocionaron entonces y me siguen emocionando ahora.

Aquella revolución me hizo un regalo personal: la voz de José Afonso. Y no es la única música que me ha acompañado en esas madrugadas en que me pongo sentimental: el fado siempre ha estado presente en algunas de las mejores entre esas horas. Como Pessoa o Eugénio de Andrade. Así que... pisar Lisboa era como volver a visitar algunos de los rinconcitos de mi propio corazón.

Una mañana caminaba por una calle estrecha recorrida por una empinada escalera. Cuando vi la placa que decia: Rua da Mouraria el corazón me dió un vuelco. Aquella es la calle que da título a una de las más hermosas canciones de Amalia Rodrigues. No me atreví a sacar la cámara para fotografiarla, el vecindario me parecia muy poco recomendable para exhibir objetos de valor. Almenos, aunque yo tenia una pinta de turista inconfundible, me tranquilizaba la compañia de mi perra, una enorme pastor belga con una dentadura impresionante.

Pero aparte de este detalle menor encontré la ciudad tan fascinante como la esperaba. Decadente sin dar lástima, impresionante aún en su sencillez. Y creo que el mundo ofrece pocos espectaculos tan magníficos como el estuario del Tajo, mas allá de sus tejados rojos. Para mi hija, lo más soprprendente los tranvías, desparecidos de nuestra ciudad hace 40 años.

El Chiado me decepcionó un poco, aunque tengo en cuenta que un gran incendio lo arrasó hace 20 años. La Baixa es muy entretenida y llena de tiendas y restaurantes. Pero la Alfama... creo que allí reside la auténtica alma de la ciudad. O al menos de aquella parte que mejor conecta con la mia.

El cine también ha contribuido a mi sueño de Lisboa. La primera película fué En la ciudad blanca, de Alain Tanner, que me descubrió además a un magnífico actor: Bruno Ganz. Más tarde he podido disfrutar de su trabajo en Cielo sobre Berlin y El hundimiento.

Pero la película que mejor permite disfrutar de las calles de Lisboa, aunque ya la descubrí despues del viaje, es una inclasificable obra de Wim Wenders: Lisbon Story. Su trama es muy endeble, aunque tampoco termina de ser un documental. Es más bien una película-excusa, para darse el gusto de rodar en una ciudad tan agradecida para la cámara y de paso disfrutar de algunas ayudas oficiales, por aquello de la promoción. Pero encantadora de ver. La presencia de Madredeus es estimulante para los amantes de la música portuguesa, aunque narrativamente es un pegote oportunista. Sí se agradece el cameo del anciano cineasta Manoel de Oliveira, lleno de sentido. Y el personaje protagonista, un veterano técnico de sonido con una pierna rota, acaba resultando absolutamente entrañable, el tipo con el que a todos nos gustaria tomar una copa en alguna terraza frente al Tajo. Ahi lo teneis:

1 comentario:

noel dijo...

hola
soy noel de http://pescaenourense.blogspot.com/
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